lunes, 4 de noviembre de 2013

La crónica de una travesía en pesero

Ya no hay vuelta atrás
Cuando vives en un pueblo o ciudad pequeña, transportarte de un lugar a otro es fácil y rápido. Llegas caminando a casi todos lados sin la necesidad de vehículo; es incluso más seguro salir de noche y estar en la calle a altas horas de la noche. Pero de un pueblo que tiene 20,000 habitantes, a una ciudad con 4'400,000, todo se intensifica. Desde la inseguridad, hasta las distancias que hay que recorrer.
Vivir prácticamente en los suburbios, o a las orillas de la ciudad, es un gran reto si no tienes carro (ni novio con carro). Cuando en el pueblo ya estás acostumbrado a salir y llegar caminando a tu destino en menos de 10 minutos, todo cambia. Ahora en la ciudad tienes que salir de tu casa una hora antes de la hora acordada con tus amigos, caminar hasta alguna calle donde pasen camiones, (en mi caso tengo que cruzar toda la universidad y llegar hasta periférico), procurar ir con precaución sin llevar joyas o cosas ostentosas, esperar el camión que debes de tomar, y cuando llega tienes que correr para subirte porque aparte de que ya va llenísimo y te vas a tener que ir parado, más personas quieren subirse al igual que tú. En el transcurso de tu viaje, vas a experimentar de todo, pudes tener desde música en vivo, hasta "arrimones y piropos de otros pasajeros. Cuando por fin después de una hora y múltiples paradas llegas a tu destino (tarrde), pides la parada y das tu brinco mortal, desde el camión al piso, (porque los choferes siempre llevan prisa y si no te apuras a bajarte te llevan) estás con tus amigos un rato en donde quedaron de verse, y un rato despúes tienes que irte antes de que se haga tarde y la ciudad se vuelva más peligrosa de lo que es en el día, y se repite todo el proceso.
El transporte público es barato, pero no es seguro. Ni en la ciudad de Guadalajara ni en todo México. No tiene nada que ver con la imagen que quiero dar si uso el transporte público o no, es mucho más barato que un taxi y que traer tu propio vehículo, hasta es útil cuando estás cansado y sin ganas de manejar, pero te quita mucho tiempo y no es confiable como en otros países.
Estefanía Rodríguez Cuevas

domingo, 3 de noviembre de 2013

ROOMIES



Ya no hay vuelta atrás

Un “roomie”, para los que no saben, es un compañero de cuarto, casa, o departamento; es una forma corta y divertida de llamarlos, lo correcto sería la palabra en inglés “Roomate”, que traducido al español es: Compañero de cuarto.
Vivir en otra ciudad, sola, sin tu familia, implica muchas cosas, una de las más normales es tener un compañero de cuarto o de casa. Cuando ya no vives con tu familia, vivir solo es una opción, pero muchas veces resulta deprimente y mucho más caro; es por eso que tener compañeros de casa es mejor que vivir solo, pero a veces puede ser algo difícil y hasta frustrante.
Yo tengo roomies, y no solo tengo uno, ni dos, tengo cuatro. Por suerte no son desconocidos, a todos los conocía ya desde antes; somos 4 mujeres y un hombre, y aunque suene raro, el mejor compañero de casa que podría tener es el hombre.
Cada quien tiene su espacio en la alacena para poner su despensa, al igual que en el refrigerador, y cada quien come, cena y desayuna lo que quiere y tiene. A mí en lo personal no me molesta compartir la comida, pero el respeto es algo muy importante en estos casos; si alguien quiere algo de lo que yo tengo, con gusto lo comparto, pero no me gusta que solo lo tomen sin siquiera molestarse en preguntar de quién es. Yo no lo hago, y por ende no me gusta que lo hagan.
Mi mejor amigo, que es mi compañero de casa, y yo, a veces notamos que se nos acaba algo demasiado rápido. Una vez yo ya no tenía jitomates, y solo me quedaba ¼ de queso, cuando el día anterior me quedaba más de la mitad, y sinceramente me da pena decir algo; sé que no es la gran cosa, jitomates y queso, pero cada vez se va a ir haciendo más grande el problema.
Otra de los problemas en la casa, es el agua potable; no tenemos todavía servicio de agua a domicilio, así que tenemos que pedir favores a conocidos para que nos traigan garrafones. Y siempre lo hacemos yo y mi amigo. Nadie más se preocupa por el agua, cuando no hay, no hacen nada por comprarla o pedirla, se esperan a que nosotros hallemos la forma de traerla a la casa, y lo que es peor ¡ni siquiera nos la pagan!. Un día hicimos un experimento; el agua se había acabado, así que mi amigo y yo fuimos a el oxxo y compramos cada uno dos galones de agua para nosotros. Yo no sé cómo le hacían las demás para tomar agua, o tal vez no tomaban, pero en la casa no hubo agua por 1 semana completa, y ninguna de las chavas dijo ni hizo nada por que el agua llegara a la casa. Después de la semana nos rendimos y volvimos a conseguirla por nuestra cuenta, pero planeamos ponerle fin a este asunto que es el que más nos tiene frustrados.
Estefanía Rodríguez Cuevas

YA NO HAY VUELTA ATRÁS



Ni modo, a cambiar.
Cambios, todos los experimentamos ¿no? En algún momento de nuestra vida, hemos tenido algún tipo de cambio. Cambio de ciudad, de escuela, de amigos, de pareja, de cuarto, de imagen, etc.  Algunos de los cambios son drásticos, otros no tanto, pero siempre tienen algún efecto en nosotros y en nuestra vida diaria.
En estos momentos estoy experimentando uno de tantos cambios, como dirían mis papas: “Se fue a estudiar a Guadalajara”. En estas columnas  les voy a compartir mi experiencia y estancia aquí, así como sentimientos y anécdotas.
“Los cambios son buenos” es una frase que escucho muy a menudo. Pienso que no siempre tienen que ser buenos, pero hay que adaptarse a ellos y hacerlos algo bueno o positivo. El cambio de pueblo a ciudad, ha sido algo muy drástico para mí, desde el tamaño, hasta el aire y la gente. pero no es todo, también hubo un cambio aun más drástico, que fue el cambio de personas con las que vivo, pasé de vivir con mi familia 18 años de mi vida, a vivir con 4 amigos; de personas que me cuidaban, protegían y se preocupaban todo el tiempo por mí, a personas que tienen que ver primeramente por ellos mismos.
Cuando vivía en El Grullo, (cabe mencionar es el nombre de mi pueblo, o pequeña ciudad, no está bien definido lo qué es), todo estaba muy cerca de todo, podía caminar a todos lados y llegar en un corto tiempo. Aquí, en Guadalajara, apenas y puedo ir al “7 Eleven” que está a 3 cuadras de mi casa. Hay días que nos quedamos sin agua potable, porque el camión del agua no pasa o no hay nadie en casa cuando lo hace. Una vez mi compañero de cuarto, Heriberto, tuvo que cargar el garrafón desde el 7 Eleven hasta la casa.
Tengo casi dos semanas sin ver a mi familia, es algo bastante duro, tanto que esta semana he estado tan estresada y enfadada que el día de ayer no soportaba el dolor de cabeza; al hablar por teléfono con mi papá, me explicó que así es esto, que vine a estudiar, son los sacrificios que se tienen que hacer. Confieso que al terminar la llamada no pude aguantar el llanto.
No quiero ser de los que regresan al pueblo; el día de ayer mi mejor amiga, me dio la noticia que se daría de baja de la universidad, y volvería a El Grullo; es la primera, pero sé que no será la última.
Estefanía Rodríguez Cuevas
24 de septiembre de 2013

¿Ropa? ¿Dinero? ¡Yo quiero juguetes!



Estefanía Rodríguez Cuevas
16 de octubre de 2013
Ensayo

“La niñez es el plato de entrada”
-Ana Fernanda Gonzales Guerra
No creo ser la única que solía decir: “no quiero dejar nunca de ser niño”. La infancia es la cosa más pura e inocente de la vida, es esa etapa en la cual hagamos lo que hagamos, todo es aceptable; podemos llorar por cualquier cosa, por más tonta que sea, siempre hay alguien consolándonos, tratando de hacernos sentir mejor, o tal vez solo tratando de callarnos porque nuestro llanto los tiene enfadados, pero siempre hay alguien que de alguna manera trata de que nuestro llanto cese.  Pero si una persona de 19 años, empieza a llorar porque no consigue lo que quiere o porque no le gusta la comida, se considera alguien caprichoso y chiqueado porque a esa edad, ya tenemos consciencia, y no se espera esa actitud de una persona madura de 19 años de edad.
Nunca volveremos a ser niños, es algo seguro. Y si nos ponemos a pensarlo muy bien, es triste, crecer es muy triste si te pones a pensar en cómo han cambiado las cosas desde tu infancia. Tu mamá ya no te lleva tu chocomilk caliente a la cama para que puedas dormir bien; cuando te enfermas no se preocupa tanto como cuando eras niño ni está al pendiente de que estudies y hagas tu tarea todas las noches, pero no solo es la manera en la que los padres dejan de comportarse, nosotros cambiamos, y no nos damos cuenta de que los padres son los que más resienten el crecimiento de sus hijos; ya no les decimos que los queremos tan seguido como antes, su presencia muchas veces hasta nos molesta, los ignoramos, hacemos cosas que sabemos no están bien y ellos no aprobarían. Todo esto es algo inevitable, solo podemos ser niños por unos cuantos años. Tenemos que ser adultos por la mayor parte de nuestra vida. ¿Por qué no podemos ser niños más tiempo?
La niñez es el plato de entrada, pero sabe a postre. Nada de preocupaciones, nada de problemas, todo es juegos, bromas, amigos, regalos. Los regalos son lo mejor de la niñez, no por nada nuestra fecha favorita siempre era el día de nuestro cumpleaños, o navidad. “¿Ropa? ¿Por qué me regalan ropa? Esa mi mamá me la compra y ya tengo mucha. ¿Dinero? ¿Para qué quiero dinero? ¡Yo quiero juguetes!” ¿Y ahora? Queremos dinero, para así comprar ropa.
Que nuestro padre llegara borracho a casa alguna noche, escuchar a los jóvenes hablar y que en vez de llamarse por su nombre, utilizaran la palabra “wey” para referirse el uno al otro, ver personas fumando; “Yo nunca voy a ser así, qué feo se ve, que feo se escucha, fumar y tomar es malo, puedes morirte” ¿Por qué cambiamos de opinión? Eso que alguna vez dijimos, fue y sigue siendo verdad, éramos niños, pero sabíamos que todo eso estaba mal, éramos conscientes de lo que hacían los adultos. Decir “wey” sigue escuchándose espantoso, fumar y tomar sigue matando a las personas. Y ahora que se supone somos “adultos” y mucho más conscientes que cuando éramos niños, hacemos esas cosas, y sabemos de sobra que está mal, pero por alguna razón lo hacemos.
El postre es lo más rico de una comida. Supongamos que la vida es una comida, tenemos la botana, el plato fuerte, y después el postre. La vida no respeta este orden, nos dan lo más bueno al principio, la infancia, donde todo es fácil, y divertido; después viene la botana, que es la adolescencia y la entrada a la etapa adulta, en donde vamos creciendo y volviéndonos un poco independientes; y al final está el plato fuerte, el más difícil, donde ya tenemos que valernos por nosotros mismos, buscar nuestras propias oportunidades, y esta etapa es la más larga de todas.

La infancia es corta, porque te creas una idea de las cosas, una idea bonita, y al poco tiempo descubres que no son bonitas. Varios años tienes la idea de que cada 25 de Diciembre el “Niñito Dios” o “Santa Claus” te lleva regalos a tu casa, porque en todo el año fuiste un buen niño, y la magia de esto es que nunca llegas a verlo, simplemente despiertas el 25 de Diciembre y los regalos ya están ahí. Después de varios años, descubres que esto no existe, que quien pone los regalos ahí son tus padres mientras tu duermes, y esto no es lo peor, lo peor es la manera en la que te enteras, que casi siempre es porque descubres los regalos escondidos en alguna parte de tu casa, o porque tu hermana(o) mayor te lo dice por hacer la maldad.
Ver que tus padres tienen problemas económicos, o de pareja, escucharlos pelear constantemente o verlos siempre preocupados porque no tienen trabajo ni dinero. Darnos cuenta de que hay gente que mata, secuestra, roba, al principio no entendemos por qué, ¿Por qué estas personas hacen esto? ¿No se dan cuenta de que está mal? Conforme vamos creciendo dejamos de preguntarnos estas cosas, y empezamos a cuidarnos de toda la maldad de el mundo en vez de combatirla. Estas cosas son las que van quitándonos la infancia, nos hacen ver que las cosas no son mágicas como pensábamos, que el mundo es un lugar duro, y las cosas no siempre van bien.
Y es bueno sentir que el mundo es bueno, por lo menos por un rato. Nadie nos va a quitar esos momentos, tal vez no los recordemos todos, sobre todo los más antiguos, pero siempre hay algo que recordar, un detalle, una imagen, algo que nos hace sonreír, desear volver a ser niños, y no crecer jamás. La infancia es lo más real que de alguna manera tuvimos y tendremos.

Los niños del cielo



Estefanía Rodríguez Cuevas
Comunicación oral y escrita
7 de octubre 2013
Recensión
Los niños del cielo es una película Iraní; es sobre un niño, llamado Ali, que se mete en un problema muy grande al tener el encargo de llevar a arreglar los zapatos de su hermana Zahra, pero en el camino a casa los pierde al dejarlos junto a un montón de bolsas y otra persona se los lleva. No puede dejar que sus padres lo sepan, porque él sabe que su situación económica no es buena y no pueden comprarle zapatos nuevos, así que se ve en la situación de compartir sus tenis con su hermana, hasta que le consiga zapatos.
Ali va a la escuela por la tarde y Zahra por la mañana, así que cada que ella sale de la escuela tiene que correr para intercambiar zapatos con Ali antes de que se le haga tarde para llegar a la escuela, y así es por muchos días. Ali comienza a trabajar con su padre de jardinero, pero no es nada fácil encontrar a alguien que los necesite, hasta que un hombre les abre las puertas de su casa, y les paga muy bien por arreglar su jardín.
Ali le pide a su padre que le compre zapatos nuevos a Zahra, con el dinero que había ganado, pero este no lo hace enseguida. Ali se ve en la necesidad de buscar otras opciones. Cuando en la escuela ve una convocatoria para una carrera de atletismo; lo que más le gusta a Ali es que el 3er lugar se gana un par de tenis nuevos. Ali entra en la carrera, seguro de que llegará en tercero, pero para su sorpresa, llega en 1ero, y no consigue los tenis para su hermana. Pero su padre se los termina comprando, y Zahra tiene zapatos nuevos.
Esta película tiene muchos valores, aunque sea sobre una religión y un país muy ajeno a el nuestro, podemos observar valores que son universales. El respeto que Ali le tiene a sus padres, y no les pide algo que el sabe que no pueden comprar; él solo busca la manera de conseguirle zapatos a Zahra, aunque no lo consigue, hace todo lo posible.
Zahra, aunque sabe que Ali fue el que perdió sus zapatos, no lo delata con sus padres y lo ayuda. Acepta sus zapatos sucios y grandes; confía en que va a conseguirle zapatos pronto.
Me gustó mucho, no suelo ver este tipo de películas por mi cuenta, pero es una gran reflexión sobre como dos hermanos se apoyan y se toleran el uno al otro, y trabajan juntos para lograr algo, sin la ayuda de sus padres.

Autobiografía temática



Mi nombre es Estefanía Rodríguez Cuevas, nací el 10 de Abril de 1995 en Guadalajara, Jalisco. Mi papá es Benjamín Rodríguez Palafox y mi mamá Magda Irene Cuevas Solórzano. Tengo dos hermanas y un hermano, Valeria de 15 años, Daniela de 11 y Benjamín de 8; yo soy la mayor.
Viví en Guadalajara los primeros 3 años de mi vida, después mis padres y yo nos cambiamos a El Grullo, Jalisco, de donde es mi familia. Fui a el kinder, primaria, secundaria y preparatoria en El Grullo, que fueron 15 años viviendo ahí, hasta que llegó la hora de entrar a la universidad y tuve que mudarme nuevamente a Guadalajara. La única diferencia es que ahora no lo hice con toda mi familia; esta vez tuve que hacerlo yo sola. Creo que ha sido algo de lo más difícil porque muy difícilmente volveré a vivir en El Grullo, o peor aún, con mi familia, solamente podré ir de visita los fines de semana y en vacaciones.
Meses antes de salir de la prepa, no sentía esta fecha tan cercana, pero sabía que en algún momento llegaría, y así fue. Lo que más me dolía era saber que ya no vería a mis papás y a mis hermanos a diario. Yo creo que los últimos días en mi casa fueron los más tristes, porque el día de irme estaba cada vez más cerca; aunque trataba de no estar triste ya que solo preocuparía a mis papás.
Yo sabía que este cambio no tenía por qué ser del todo malo, tenía que pensar positivo y ver todas las oportunidades que mis papás me estaban brindando. A pesar de dejarlos y de cambiar totalmente mi estilo de vida, tendría la oportunidad de estudiar una carrera, y mejor aún, la que yo quería; todo tiene sus pros y contras. En este caso los contras eran dejar a mi familia, y los pros: estudiar en una buena universidad, ser independiente, formarme para tener buenas oportunidades en un futuro, etc. Son muchos, y estoy consciente de que no podía vivir con mis padres por siempre, algún día tenía que irme y empezar a vivir mi propia vida; aunque ahorita es solo un pedazo de mi propia vida ya que ellos siguen dándome dinero y manteniéndome, simplemente ya no vivimos juntos, y eso es una gran responsabilidad.
El día que tuve que venirme no fue tan malo. Mi mamá estuvo triste, y yo también, pero lo había imaginado peor. Ya conocía la universidad, mi papá es egresado y de la preparatoria nos habían llevado una vez.
El tema de separarme de mis amigos no fue tan duro; la mayoría se vino a estudiar a Guadalajara, mi mejor amigo vive conmigo, y mi novio estudia en la misma universidad que yo, ese es otro pro de esta nueva vida; la ciudad es muy grande y peligrosa, eso es algo que me da mucho miedo, y nunca he sabido moverme muy bien por aquí, veníamos seguido de fin de semana pero mi papá era el que manejaba y yo nunca me fijaba en el camino.
Ya que estoy aquí, todo va normalizándose poco a poco. Ya hice algunos amigos y espero poder hacer más, esto me cuesta mucho trabajo. Soy tímida y al principio es difícil para mí relacionarme con gente nueva; vivo my cerca de la universidad, y esa es una gran ventaja, aunque vivo lejos de todo lo demás y no tengo vehículo para  moverme; poco a poco voy a ir saliendo a lugares en la ciudad, porque como dije me d un poco de miedo que sea tan grande y peligrosa, pero con precaución y menos miedo lo haré.
Aún estoy en proceso de adaptarme, pero es algo que no sucede de un día para otro después de vivir 15 años en un mismo lugar donde todos se conocen, completamente diferente a Guadalajara; sé que puedo sacarle mucho provecho a la ciudad, si lo hago responsablemente, y eso es lo que voy a hacer, no sé con exactitud cuánto tiempo estaré aquí, por lo menos hasta que termine mi carrera, que son 4 años y medio, de ahí, el tiempo lo decidirá.