Estefanía Rodríguez Cuevas
16 de octubre de 2013
Ensayo
“La
niñez es el plato de entrada”
-Ana
Fernanda Gonzales Guerra
No
creo ser la única que solía decir: “no quiero dejar nunca de ser niño”. La
infancia es la cosa más pura e inocente de la vida, es esa etapa en la cual
hagamos lo que hagamos, todo es aceptable; podemos llorar por cualquier cosa,
por más tonta que sea, siempre hay alguien consolándonos, tratando de hacernos
sentir mejor, o tal vez solo tratando de callarnos porque nuestro llanto los
tiene enfadados, pero siempre hay alguien que de alguna manera trata de que
nuestro llanto cese. Pero si una persona
de 19 años, empieza a llorar porque no consigue lo que quiere o porque no le
gusta la comida, se considera alguien caprichoso y chiqueado porque a esa edad,
ya tenemos consciencia, y no se espera esa actitud de una persona madura de 19
años de edad.
Nunca
volveremos a ser niños, es algo seguro. Y si nos ponemos a pensarlo muy bien,
es triste, crecer es muy triste si te pones a pensar en cómo han cambiado las
cosas desde tu infancia. Tu mamá ya no te lleva tu chocomilk caliente a la cama
para que puedas dormir bien; cuando te enfermas no se preocupa tanto como
cuando eras niño ni está al pendiente de que estudies y hagas tu tarea todas
las noches, pero no solo es la manera en la que los padres dejan de
comportarse, nosotros cambiamos, y no nos damos cuenta de que los padres son
los que más resienten el crecimiento de sus hijos; ya no les decimos que los
queremos tan seguido como antes, su presencia muchas veces hasta nos molesta,
los ignoramos, hacemos cosas que sabemos no están bien y ellos no aprobarían.
Todo esto es algo inevitable, solo podemos ser niños por unos cuantos años. Tenemos
que ser adultos por la mayor parte de nuestra vida. ¿Por qué no podemos ser
niños más tiempo?
La
niñez es el plato de entrada, pero sabe a postre. Nada de preocupaciones, nada
de problemas, todo es juegos, bromas, amigos, regalos. Los regalos son lo mejor
de la niñez, no por nada nuestra fecha favorita siempre era el día de nuestro
cumpleaños, o navidad. “¿Ropa? ¿Por qué me regalan ropa? Esa mi mamá me la
compra y ya tengo mucha. ¿Dinero? ¿Para qué quiero dinero? ¡Yo quiero
juguetes!” ¿Y ahora? Queremos dinero, para así comprar ropa.
Que
nuestro padre llegara borracho a casa alguna noche, escuchar a los jóvenes
hablar y que en vez de llamarse por su nombre, utilizaran la palabra “wey” para
referirse el uno al otro, ver personas fumando; “Yo nunca voy a ser así, qué
feo se ve, que feo se escucha, fumar y tomar es malo, puedes morirte” ¿Por qué
cambiamos de opinión? Eso que alguna vez dijimos, fue y sigue siendo verdad,
éramos niños, pero sabíamos que todo eso estaba mal, éramos conscientes de lo
que hacían los adultos. Decir “wey” sigue escuchándose espantoso, fumar y tomar
sigue matando a las personas. Y ahora que se supone somos “adultos” y mucho más
conscientes que cuando éramos niños, hacemos esas cosas, y sabemos de sobra que
está mal, pero por alguna razón lo hacemos.
El
postre es lo más rico de una comida. Supongamos que la vida es una comida,
tenemos la botana, el plato fuerte, y después el postre. La vida no respeta
este orden, nos dan lo más bueno al principio, la infancia, donde todo es
fácil, y divertido; después viene la botana, que es la adolescencia y la
entrada a la etapa adulta, en donde vamos creciendo y volviéndonos un poco
independientes; y al final está el plato fuerte, el más difícil, donde ya
tenemos que valernos por nosotros mismos, buscar nuestras propias
oportunidades, y esta etapa es la más larga de todas.
La
infancia es corta, porque te creas una idea de las cosas, una idea bonita, y al
poco tiempo descubres que no son bonitas. Varios años tienes la idea de que
cada 25 de Diciembre el “Niñito Dios” o “Santa Claus” te lleva regalos a tu
casa, porque en todo el año fuiste un buen niño, y la magia de esto es que
nunca llegas a verlo, simplemente despiertas el 25 de Diciembre y los regalos
ya están ahí. Después de varios años, descubres que esto no existe, que quien
pone los regalos ahí son tus padres mientras tu duermes, y esto no es lo peor,
lo peor es la manera en la que te enteras, que casi siempre es porque descubres
los regalos escondidos en alguna parte de tu casa, o porque tu hermana(o) mayor
te lo dice por hacer la maldad.
Ver
que tus padres tienen problemas económicos, o de pareja, escucharlos pelear
constantemente o verlos siempre preocupados porque no tienen trabajo ni dinero.
Darnos cuenta de que hay gente que mata, secuestra, roba, al principio no
entendemos por qué, ¿Por qué estas personas hacen esto? ¿No se dan cuenta de
que está mal? Conforme vamos creciendo dejamos de preguntarnos estas cosas, y
empezamos a cuidarnos de toda la maldad de el mundo en vez de combatirla. Estas
cosas son las que van quitándonos la infancia, nos hacen ver que las cosas no
son mágicas como pensábamos, que el mundo es un lugar duro, y las cosas no
siempre van bien.
Y es
bueno sentir que el mundo es bueno, por lo menos por un rato. Nadie nos va a
quitar esos momentos, tal vez no los recordemos todos, sobre todo los más
antiguos, pero siempre hay algo que recordar, un detalle, una imagen, algo que
nos hace sonreír, desear volver a ser niños, y no crecer jamás. La infancia es
lo más real que de alguna manera tuvimos y tendremos.
El título y texto reflejan claramente sobre la redacción de la infancia. Es muy interesante tu punto de vista, haciéndonos reflexionar sobre las ventajas que tuvimos al pasar por esa etapa que se ya no se tienen a la edad de la adolescencia y adultez. Reflejas parte de tu infancia como algo único, divertido y feliz. Con el final reflexionas mucho sobre la vida actualmente y como al "madurar" se pierden cosas increíbles.
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